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"Líderes universitarios formando capital humano para el bien común"

Al mirar nuestra vida y la del prójimo comprendemos que hemos sido creados para vivir en paz, para ser artesanos y constructores de la paz, aquella que brota del corazón que sabe amar y perdonar. San Agustín nos decía que la paz es el orden en las cosas y Pablo VI con más audacia decía que el nuevo nombre de la paz es la justicia.

Hoy que vivimos un tanto atareados y dispersos en las novedades y tendencias del mundo conviene hacer un alto en la vida y reflexionar sobre la paz. En primer lugar sobre la paz en nuestro corazón, en la familia, en la sociedad y en el mundo. Hoy es apremiante la paz en Siria.

El Papa Francisco nos invita a participar en la jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero. El nos alienta a «unirnos siempre a Cristo, edificando su Reino con la fraternidad, el compartir y las obras de misericordia». «¡La fe es una fuerza poderosa capaz de hacer que el mundo sea más justo y más bello!». Estamos invitados a ser «una presencia de la misericordia de Dios y a testimoniar al mundo que las tribulaciones, las pruebas, las dificultades, la violencia y el mal no podrán derrotar nunca a Aquel que derrotó la muerte: Jesucristo».

Este 7 de septiembre, víspera de la Natividad de María Reina de la Paz, confiamos que la fuerza de la oración toque el corazón de los responsables de dirigir los destinos de los pueblos, parra que respetando la dignidad humana y el derecho internacional agoten todos los medios a fin de encontrar soluciones pacificas.

El lamentable que un premio nobel de la paz sea quien autorice lesionar la propia paz y la dignidad humana aquella que reclama el orden de las cosas y la convivencia pacífica de los hombres y mujeres.

Ciertamente el dialogo es el medio mas eficaz y fructífero, como nos recuerda el reciente elegido Secretario de Estado: “El camino del diálogo puede ser largo, y no dar resultados a corto plazo. Pero se debe mantener el diálogo con claridad, paciencia y confianza recíproca”. Por otro lado subrayó que: “Las relaciones entre cristianos y musulmanes pueden convertirse en un campo de pruebas interesante, a favor de la convivencia pacífica, la colaboración a favor de la vida, en la justicia y en la paz”.

Este sábado viviremos juntos una jornada especial de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero. También por la paz en nuestros corazones. Porque la paz empieza en el corazón.

El mundo desea que el mensaje de paz tenga eco en los hombre y mujeres de buena voluntad porque: "Queremos un mundo de paz, queremos que en nuestra sociedad, desgarrada por divisiones y conflictos, estalle la paz; ¡nunca más la guerra! La paz es un don demasiado precioso, que tiene que ser promovido y tutelado".

Frente a esta situación surge como necesidad imperiosas proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. Estas iniciativas por la paz contribuyen al bien común y crean interés por la paz y educan para ella. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. De allí la necesidad de enseñar en la familia, la escuela y la universidad, a amarse y educarse en y para la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que «hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar ».

El Concilio Vaticano nos dice que la paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). La paz es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por Dios, y que los hombres, sedientos siempre de justicia, han de llevar a cabo. El bien común se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está sometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad del hombre, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.

Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.

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