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Homilía en la misa por la madre del Obispo, Gran Canciller de la ULADECH Católica

Apreciado Monseñor Bambarén, queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas, hermanos y hermanas.

Sigue con la gente que tanto amas”, estas palabras lapidarias pueden ser consideradas la clave para comprender el mensaje de nuestra hermana Felicísima, cuyos restos se pusieron ayer en la tierra de su natal Carbellino como semilla de inmortalidad, el corazón lleno de tristeza, pero también de gozosa esperanza y profunda gratitud.

Estos son los sentimientos de nuestra alma. Saludo a todos cordialmente. En nombre también del Obispo de Chimbote, Monseñor Ángel Francisco Simón Piorno, deseo dirigir un saludo a los sacerdotes, religiosos, religiosas y representantes de las delegaciones. Saludo a las Autoridades, a los representantes de la Universidad Católica, y especialmente a los fieles llegados de cada parroquia.

La muerte de un ser querido siempre impacta en lo más profundo de nuestro ser y remueve las fibras más sensibles de nuestra memoria. Toda una larga historia de relación humana y de convivencia con la persona desaparecida recobra actualidad, y reviven en el recuerdo detalles, gestos, frases y actitudes que, aunque remueven la herida de su desaparición, suavizan al mismo tiempo el vacío de su ausencia.

Sin duda, queridos hermanos y hermanas, que esto mismo está pasando a Monseñor Ángel Francisco, nuestro Obispo, Quien recordará a su madre siempre como una mujer trabajadora, generosa y valiente, y especialmente en estos últimos años totalmente entregada a su cuidado a través de la oración y su permanente preocupación por el hijo Obispo, cuidándole con ternura y abnegación ejemplar.

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). El evangelista san Juan anuncia así la glorificación de Cristo a través del misterio de su muerte en cruz.

La muerte no tiene la última palabra; no es el fin de todo, sino que, redimida por el sacrificio de la cruz, puede ser ya el paso a la alegría de la vida sin fin. Dice Jesús: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). Así pues, si aceptamos morir a nuestro egoísmo, si no nos cerramos en nosotros mismos y hacemos de nuestra vida un don a Dios y a los hermanos, también nosotros podremos conocer la rica fecundidad del amor. Y el amor nunca muere.

La muerte es una realidad inevitable, todos alguna vez, de algún modo y en algún lugar vamos a morir, no sabemos ni cómo, ni cuándo, ni dónde. La única certeza es que ya no estaremos en este mundo, y aunque es una realidad dolorosa nos consuela la promesa de la futura inmortalidad.

La muerte es experimentar la pascua. Es pasar de esta vida caduca, limitada y temporal a una vida plena, total y definitiva, a una vida eterna que el Señor Resucitado nos promete.

San Pablo nos recuerda que si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana, absurda y sin sentido. Y el mismo Señor nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida él que cree en mi aunque haya muerto vivirá”.

No podemos menos que agradecer a nuestra hermana Felicísima, su generosidad al ofrecernos a su hijo como Obispo de la Iglesia en el Perú y especialmente en Chimbote. El entusiasmo y la determinación con que animaba a su hijo como fruto de su experiencia personal, particularmente vinculada al calvario que tuvo que afrontar con su enfermedad, se manifestaba en su diaria comunicación preguntándole cual era su agenda y acompañándole con su cotidiana oración.

Su secreto era una inquebrantable confianza en Dios, alimentada con la oración y el sufrimiento aceptado con amor.

Monseñor Simón Piorno muy joven dejó a su madre para venir como misionero al Perú y decidió quedarse entre nosotros como amigo, que con intuición de pastor y audacia apostólica consagra su vida al servicio de los fieles, así lo testimonia su amistad con el P. Jesús Barbero.

Hemos sido creados para Dios, de allí que la experiencia fundamental de la fe es el encuentro con Dios que se manifiesta en la historia de cada persona. Esta es la experiencia que llena de sentido la vida de cada creyente y permite iluminar aún las más oscuras noches y las más dolorosas circunstancias de la vida.

En esta experiencia de fe, el creyente descubre que su vida no es un camino hacia la nada y el vacío, sino hacia un encuentro definitivo con Dios Amor. La vida se nos ha regalado para ir conociendo el amor que Dios nos tiene y orientarnos hacia el encuentro definitivo en un abrazo eterno con Dios nuestro Padre.

Jesucristo, es quien nos abre el camino hacia esa plenitud, llamándonos a participar de su propia vida, una vida eterna en el amor que nos tiene.

Quiera Dios que, mientras encomendamos a nuestra hermana Felicísima a su recompensa celestial, todos los que hemos admirado a esta mujer generosa nos comprometamos a aprender la lección de amor de toda buena madre, una lección que es también el camino hacia nuestra felicidad humana: «porque hay mayor felicidad en dar que en recibir».

Hoy, en nombre de nuestro Obispo, te dirijo un último saludo terreno y, en su nombre, te agradezco de todo corazón lo que has hecho a favor de la Iglesia al ofrecernos a tu hijo predilecto como nuestro Obispo.

Querida Felicísima, descansa en paz.

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Comentario de Pablo Zavaleta Luna Victoria el febrero 29, 2012 a las 8:24am

No tuve la oportunidad de conocer a tan noble señora, pero como padre de familia que soy, me identifico con el mensaje que a travez de su vida nos dejó. Dios la acoja en su seno.

Comentario de Gloria del Carmen Castro A. el febrero 29, 2012 a las 8:51pm

Mi mas sentido pesame por esta perdida del ser querido de Mons. Angel Francisco, desde esta calida tierra del Dpto. de Tumbes. Que el Todopoderoso la tenga en su Santa Gloria, por haver sido una mujer valiente y llena de virtudes que imitar, dichosos los que llegaron a conocerla

Gloria Castro

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